miércoles, 23 de septiembre de 2015

La muerte de la generación espontánea


Entre los numerosos interrogantes que los científicos y pensadores se plantearon a lo largo de la Historia, el origen de los organismos que los rodeaban tuvo un papel central. Ante la ausencia de un mecanismo claro que explicara la continua aparición de nuevos animales, muchos se volcaron hacia la llamada generación espontánea, descrita ya por Aristóteles en el siglo IV a.C. y admitida por pensadores como Newton, Bacon o Descartes. Esta teoría sostenía que ciertas formas de vida podían surgir de manera espontánea a partir de materia no viva. Es así como se explicaba que de un trozo de carne descompuesta apareciesen larvas de mosca o ratones de la basura. La idea se mantuvo durante cientos de años.


En el s. XVII, el médico holandés Van Helmont
publicó "Ortus Medicinae", en el que describía
recetas para generar vida (ratones, concretamente).


No fue hasta finales del siglo XVII cuando Francesco Redi y, más tarde, Lazzaro Spallanzzani empezaron a rebatir la teoría de la generación espontánea. Redi descubrió que las larvas no surgían por sí solas, sino que provenían de huevos de moscas. Spallanzani, por su parte, demostró que en frascos herméticamente cerrados que contenían caldo de carne no aparecían microorganismos, mientras que en los que estaban mal cerrados si lo hacían.

A pesar de esto, la gente siguió sin rechazar totalmente la idea de la generación espontánea. En 1858 todavía quedaban dudas y Louis Pasteur, escéptico ante tal idea, entra en la escena de tan encendida y antigua polémica. Se generó tal discusión en la comunidad científica que la Académie des Sciences de París ofreció un premio a los experimentos que arrojaran nueva luz sobre el problema.

Entre los múltiples experimentos que realizó Pasteur, uno merece especial énfasis por su simplicidad y carácter concluyente. Para ello, usó los llamados matraces de cuello de cisne, que permitían la entrada del oxígeno, elemento necesario para la vida, pero que retenía en sus cuellos largos y curvos las bacterias, las esporas de hongos u otros tipos de vida microbiana presentes en el aire. Pasteur añadió un caldo de cultivo a dicho matraz, a continuación lo hirvió y lo dejó reposar durante varios días. Y observó que el líquido permanecía estéril, nada había crecido en él. La prueba definitiva la tuvo cuando al romper el cuello del matraz y exponer éste de nuevo al aire, los microorganismos suspendidos en éste contaminaban el líquido. De esta forma, Pasteur demostró la imposibilidad de la generación espontánea de la vida.


Experimento de Louis Pasteur, con los famosos matraces de cuello de cisne,
para rebatir finalmente la teoría de la generación espontánea.

En una gala en la Universidad de la Sorbona, en 1864, Pasteur expuso sus resultados y la comunidad científica quedó impresionada. Estaba refutando una teoría vigente durante siglos y presentaba una nueva, una que iba a producir un cambio conceptual sobre los seres vivos, un hito para la Ciencia. Demostró con rotundidad que el origen de la vida solamente es posible a partir de un ser vivo preexistente, Omne vivum ex vivo (toda vida es de vida). Aún hoy se conservan en el museo de Pasteur algunos de esos matraces de cuello de cisne sin contaminar.

Por Jesús @JGilMunoz

FUENTES

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